Cómo identificar al desvalijador de automóviles

Hay tres puntos fundamentales que dominados por el agente policiaco le ayudarán a consumar el arresto de estos maleantes de manera consistente y con pruebas suficientes para asegurar su culpabilidad.
El primero es obvio: antes de que pueda tomar cualquier decisión, debe aprender a reconocer al delincuente a simple vista. Para sintetizar, diremos que es indispensable someter al delincuente al proceso mental de reconocimiento que discutimos con anterioridad.
Si establecemos una clasificación básica, el ladrón que opera robando en los vehículos puede dividirse en dos categorías: el ladrón ambulante
que trabaja a pie y el que dispone de un automóvil para huir después de cometer el delito. Poco importa si se invierte la situación y el ambulante es el que tiene vehículo o el otro opera deambulando por la calle.

Lo que sí se puede afirmar, bajo el punto de vista del observador, es que es fácil descubrir a este tipo de maleante ya sea que opere a pie o que llegue en automóvil y que cualquiera que sea la clasificación a que
pertenezca su forma de comportarse y trabajar se apega a las características de su clasificación.

Si intentáramos subdividir estas dos clasificaciones, tal parece que el
ladrón ambulante podría catalogarse en dos tipos principales. En primer
término, tenemos al que se especializa en desvalijar automóviles estacionados en las calles y avenidas, y el segundo sería el que se dedica a robaren los estacionamientos. Quizá parezca extraño que los ladrones ambulantes se subdividan en estas dos categorías, puesto que parece ilógico que el maleante que busca algo que hurtar en los vehículos estacionados en la calle se desentienda de los automóviles dejados en los sitios para estacionamientos adyacentes a los lugares en que se propone operar. Es probable que esto se deba a la diferencia de temperamentos o quizá porque el que trabaja forzando los automóviles estacionados junto a las aceras, necesita hacerlo abiertamente cuando tiene amplia visibilidad y se percata de todo lo que pasa a su alrededor vigilando a los vecinos y transeúntes.

También es posible que sienta cierto temor de trabajar en sitios más o menos oscuros, con radio de visibilidad limitado y por miedo de ser atrapado. Por otra parte, el que trabaja en los estacionamientos quizás pertenezca al grupo de ladrones “inveterados” o al de rateros escurridizos. Posiblemente prefiera cometer sus fechorías al amparo de la oscuridad, operar en un lugar en el que juzga tener oportunidad razonable de que nadie lo observe. En realidad, nadie sabe con certeza la razón de estas inclinaciones o preferencias; pero lo cierto es que el ladrón ambulante se puede dividir, por lo general, en una de estas dos categorías.

Examinaremos primero al ladrón que deambula por las calles y que se especializa en robar dentro de los vehículos estacionados en las mismas.

Para reconocer al ladrón de este tipo se debe analizar el delito que pretende cometer. Estos delincuentes son y tienen que ser oportunistas. No están en el mismo caso del asaltante o del que “ficha” el lugar o la víctima. No disponen de tiempo para planear previamente y cometer la fechoría con todas las ventajas y oportunidad. Por principio de cuentas, deben buscar con todo cuidado y encontrar algo que robar y, por fortuna para la policía, no pueden hallarlo sino entre el número de automóviles estacionados a lo largo de la calle. Lógicamente se ven obligados a realizar una gira de inspección y su comportamiento tendrá que despertar sospechas entre los agentes que vigilan la zona.

Este tipo de ladrón se descubre de diversos modos. Se reconoce al que descaradamente intenta abrir las portezuelas de los automóviles estacionados e inspecciona fugazmente lo que puede haber dentro de los vehículos; el que finge estar borracho y se reclina en los autos, pero que subrepticiamente acciona las manijas para cerciorarse de que el auto está cerrado con llave. Algunos pasean inocentemente y se concretan a mirar si dentro de cierto vehículo hay algo valioso que robar. En muchas ocasiones se esfuerzan por operar con gran sutileza, se alejan de autos mirando apenas de soslayo a su interior para confirmar si algo les interesa.
En consecuencia, es lógico que, si algún individuo demuestra a su paso determinado interés en un auto estacionado, o bien, si fija su atención en dos o tres vehículos por ahí estacionados, bien vale la pena de seguir observándolo. Por otra parte, algunos investigadores experimentados tuvieron la mala fortuna de comprobar que simplemente se fijaron en un vago quería matar el tiempo, un forastero o alguien padecía insomnio y camina sin rumbo simplemente porque no tiene qué hacer.

No obstante, en lo anterior siempre hay un momento en esta especie de “gira de compras” en el que se descubre al maleante, y esto es de vital importancia. Al llegar a esta etapa, el agente se compenetró de la situación tal y como se le aparece. Ya no solamente es una sospecha ni se trata de hacer más pruebas para eliminar al sospechoso y abordarlo.

El agente está seguro de que vigila a un ladrón y tiene la oportunidad de poner en práctica cualquier plan de acción. No importa si dicho plan consiste en ocultarse del todo para observar los subsiguientes movimientos del ladrón o si adopta otro subterfugio para hacer creer al malhechor que no se fija en él ni podrá descubrir sus propósitos.

Desde luego el momento crítico en el que el delincuente se vencía es cuando descubre qué robar, algo de valor que le pueda representar dinero. El descubrimiento de este posible botín se traduce en una serie de actitudes y ademanes por parte del malhechor. Quizá simule que se aleja del vehículo, por el momento, y se instale no muy lejos del mismo; o bien, camine un poco, lentamente, y regrese luego al automóvil que le interesa. Los más hábiles, los que han sabido eludir la vigilancia de los detectives, caminan indolentemente alrededor de la manzana y vuelven al sitio del vehículo estacionado para desvalijarlo.

No importa qué clase de movimientos adopte el ladrón cuando descubre su objetivo. Lo que revela su intención es un cambio en su actitud, un ademán aparentemente involuntario. Hasta este momento toda su atención había estado fija en los automóviles estacionados; al descubrir lo que busca, su interés cambia bruscamente. Ahora dedica su atención a los transeúntes y a la actividad del tráfico local tanto de gentes como de vehículos. Ya hemos indicado con anterioridad que este repentino cambio de actitud, fácil de reconocer, es importante, no solamente porque el agente se da cuenta de que está vigilando a un delincuente, sino porque le permite poner en práctica cualquier plan que tenga proyectado.

Si pensamos un poco en este momento de la situación, podremos ver con cierta claridad que el agente no representa la principal preocupación del ladrón. En la mente del infractor hay solamente una persona que sabe que nadie debe violar su vehículo y que el sospechoso nada tiene qué hacer en él; que no debe siquiera tocarlo, y que sospechará de cualquiera que muestre algún interés en su automóvil, o sea, el dueño o el que conduce dicho vehículo. El principal temor del ladrón es que el dueño o conductor regrese y lo sorprenda in fraganti. En consecuencia, su preocupación principal es eliminar el peligro inmediato para que eso no suceda. La forma de asegurarse contra tal eventualidad es algo que también se desconoce. Quizás descubra que el dueño se aproxima por la forma de acercarse al vehículo, por lo deliberado de sus movimientos o posiblemente porque un dueño de auto, al regresar para recogerlo, inevitablemente busca con la mirada el sitio donde lo había estacionado y si hay alguien cerca del mismo.

Cualquiera que sea la forma en que estos ladrones se percatan del regreso del dueño, el hecho es que demuestran una increíble habilidad para ello, que incluso sobrepasa a la de los agentes para reconocerlos a ellos.

Cuando el delincuente se convenció de que no hay peligro por ese motivo, procede a cometer su fechoría; ahora su interés primordial es no solamente descubrir si por los alrededores hay algún agente que lo vigile, sino, si hay alguna otra persona que observe sus subsecuentes movimientos.

Si el auto está cerrado con llave, se prepara para forzarlo. Este tipo de delincuente siempre está sujeto a operar a la vista de alguien o por lo menos con peligro de ser visto por cualquier paseante. A pesar de que escoja el momento en que no haya tráfico de autos o de personas, siempre existe la posibilidad de que alguien se acerque, ya sea a pie o en automóvil, al lugar del atraco.

En vista de que tiene que trabajar con rapidez y sin hacer mucho ruido, siempre va equipado con alguna herramienta adecuada, que cuanta más práctica sea, se preste mejor a sus propósitos. Si se pensara en fabricar una herramienta específica para abrir los automóviles, dudaríamos que pudiera hacerse algo mejor que un simple abrelatas con el extremo encorvado. Los utensilios de estos ladrones abarcan desde este adminículo elemental hasta juegos de destornilladores, navajas y cuchillas etc., algo que pueda insertarse con facilidad entre la guarda de caucho siendo suficientemente fuerte para forzar el mecanismo.