La facultad de reconocer un ladrón

La facultad de reconocer un ladrón en acción es sencillamente una
proyección del trabajo mental del policía y que emplea automáticamente en su diaria labor. Por falta de un nombre específico, digamos que se trata del proceso mental de reconocimiento. A continuación, expondremos brevemente su mecanismo y la forma de poderlo aprovechar.

Los niños, desde pequeños, aprenden a distinguir a las personas con las cuales tienen mayor contacto. No tienen dificultad en identificar al tío Juan y al tío Pedro. Si se les muestran fotografías, señalan quién es quién sin titubear ni equivocarse. Sin embargo, nadie reflexiona cómo es posible que puedan apreciar al instante las diferencias entre personas con las cuales están familiarizados. Pues bien, esta misma observación se puede hacer correctamente con la gente en general y es la que el agente en cierto modo descorazonado debe poner en práctica en su cacería de ladrones en vehículos. Todos parecen ser esencialmente ‘iguales, tener los mismos rasgos fisonómicos; pero con ligeras variaciones que permiten
distinguir a una persona de otra.

Por regla general, la gente no se detiene a considerar conscientemente que para distinguir una persona de otra, o para reconocer a la gente se tiene que recurrir a un proceso de análisis y de clasificación de los rasgos similares o diferentes que existen entre los individuos, que hay que analizar y clasificar esas leves diferencias en el color y textura del cabello y la piel, en la manera de peinarse, en la forma de las orejas, en la línea de las cejas, en la forma y color de los ojos, en el tipo de nariz y forma de la boca, del mentón, de los pómulos, etc. Cada una de estas características ofrece una ligera diferencia v si se observan todas juntas es posible lograr una identificación casi instantánea.

Si alguien considera que las diferencias faciales de los individuos son notorias, le sugerimos recuerde los concursos de revistas y televisión en los que ofrecen únicamente ciertas partes del rostro de alguna celebridad, quizá los ojos o la boca, parte de la cara, etc., y verá lo difícil que es reconocerla una vez que se priva al concursante de su proceso habitual de comparación, análisis y clasificación. Si se pudiera hacer una lista de todos los puntos de similitud y diferencia que deban someterse a un análisis y a clasificación para distinguir a una persona de otra, el problema se convertiría en algo muy complejo y aparecería como tarea casi imposible; sin embargo, todos hemos experimentado personalmente que una vez que se aprende a seguir este proceso, en realidad no es otra cosa que un hábito inconsciente y común.

Vale la pena hablar un poco más de este proceso mental de reconocimiento. Cuando un individuo se convierte en agente de la policía, a menos que haya tenido previamente un adiestramiento especial, no puede distinguir una huella dactilar de otra. Si se le muestra una serie de huellas, difícilmente podrá notar las diferencias. A primera vista todas le parecen iguales y es indudable que no tiene la menor idea de cómo diferenciarlas. Sin embargo, bajo el proceso básico mental del reconocimiento, a fuerza de analizar y clasificar los puntos de similitud y diferencia en las impresiones que le presentan, llegará eventualmente al nivel en que, como cualquier experto, al ver un grupo de huellas distinguirá en cuestión de segundos que unas fueron dejadas por un individuo y otras por alguna
persona distinta. Mientras un ciudadano ordinario no puede apreciar diferencia alguna en ciertas impresiones dactilares, el experto, con sólo observar las manos de alguien puede determinar al momento si esa persona dejó tales huellas o no.

El mismo procedimiento de identificación se puede aplicar en el caso del ladrón que roba objetos en vehículos si se pretenden lograr arrestos bien fundamentados, sorprendiéndolo mientras opera, y si se aplica inteligentemente, este procedimiento dará tan buenos resultados como los obtenidos en otros campos de observación y de reconocimiento.

Lo que debe estimular al investigador durante esas primeras semanas un tanto desalentadoras del aprendizaje, es llegar al convencimiento de que no se enfrenta a una tarea imposible y que la aplicación de un procedimiento sencillo, tantas veces puesto en práctica en el transcurso de su vida, puede aplicarlo en relación con esta nueva actividad sin esforzarse excesivamente.

La caza del ladrón que roba en los vehículos es similar a la caza del venado. Es muy conocido el ejemplo del cazador inexperto que, tras larga jornada en algún coto de caza, vuelve fatigado y desconsolado afirmando que no hay venados en esa zona; que no ha visto ni siquiera señales de algo que se parezca a ellos, ni pruebas de que por ahí hayan existido. El cazador experto, en cambio, se interna en la misma región y sale con la presa deseada. En alguna forma, a base de experiencia, ese cazador adquirió pericia, aprendió a rastrear la zona en la que viven estos animales sin asustarlos; sabe reconocer las señales que sugieren la posibilidad de que su presa habite en la región y cómo localizarla a pesar de la gran facilidad que tienen estos animales para evitar ser descubiertos; los acecha metódicamente y se sitúa en el sitio propicio para dispararles oportunamente. La cacería de los ladrones de objetos en los vehículos, en la selva asfáltica de la ciudad, presenta problemas muy semejantes a los de la cacería del venado, y el éxito depende, en mucho, de las características y atributos del buen cazador.