La vigilancia como práctica para evitar robos en automóviles.

Dentro del plan de organización de todo departamento de policía, la oficina de detectives y los investigadores de la misma tienen la obligación principal de proseguir la investigación de los delitos cometidos. La responsabilidad que entraña dicha misión se cumple a base de diversos informes suministrados especialmente por los reportes de delitos, demandas y la continuación de las averiguaciones luego del arresto.

De lo anterior se desprende que la responsabilidad de aprehender al delincuente durante la realización del delito o poco tiempo después del mismo, recae en primer término en la división de patrullas. Esto se logra gracias a las llamadas que se reciben o por observación directa y oportuna. Sin embargo, no es difícil pensar en ciertas excepciones, hay casos específicos en los que la responsabilidad de enfrentarse con el delincuente “en la calle”, y detenerlo es un acto ilícito o poco después, pasa a ser de la incumbencia del investigador. Por ejemplo, la mayoría de los departamentos policiacos asignan determinadas patrullas contra carteristas y ladrones en general, y sus elementos tienen el deber de arrestar a ese género de delincuentes cuando se comete el delito o en el momento más inmediato posible. De igual manera, gran parte de dichos departamentos cuentan con patrullas contra traficantes en narcóticos, quizás otra que se encarga de los incidentes en tiendas, integradas por elementos cuya misión es actuar directamente contra este tipo de delincuencia. La razón de que exista esta gama se debe al hecho de la existencia casos cada vez es más evidentes, nos basamos en una amplia experiencia, de que para combatir eficazmente este tipo de delincuencia y se requieren agentes muy conocedores, gente bien adiestrada que use técnicas altamente especializadas.

Inevitablemente, la misma razón se aplica al problema de los arrestos de ladrones en vehículos que debería recaer en la división de robos de automóviles y de sus investigadores.

La larga experiencia ha probado que, si se asignan agentes con la única instrucción de arrestar a los ladrones de objetos en vehículos, sorprendiéndolos in fraganti y con pruebas suficientes para lograr su enjuiciamiento, el porcentaje de agentes que pudieran tener éxito sería tan bajo que no justificaría se ordenasen estas misiones. Para que sean valiosas dentro de un período razonable de tiempo, los agentes deben someterse a un adiestramiento altamente especializado y contar con el temple adecuado para cumplir dichas tareas. Además, la rapidez con que adquiere una pericia real podría casi duplicarse si se dispone de oportunidades para discutir problemas y aclarar dudas con agentes que se hayan destacado en este campo de acción.

Es necesario intentar en esta obra algo que nunca se pretendió en otro relativo al esfuerzo para hacer cumplir la ley, es decir, orientar al agente hacia una línea de conducta que le obligue a pensar por sí mismo, a explorarla consciente o inconscientemente, si se propone arrestar al delincuente con cierto grado de eficiencia y certeza de su culpabilidad, allegándose suficientes pruebas y testimonios para lograr su reclusión.

Desafortunadamente, como expusimos con anterioridad, muchos de los agentes expertos en trabajos policiacos se llevan consigo, al retirarse del servicio activo, sus técnicas, tretas y su talento, de tal manera que se pierden para siempre y no pueden ser aprovechados por otros agentes del cuerpo policiaco. La gran mayoría de estos elementos que destacaron en los diversos departamentos o divisiones de la policía y que se jubilan, a la pregunta de cómo pudieron lograr ese grado de eficiencia tan fructífera, simplemente replican que “en realidad no lo saben” o bien, aluden vagamente a que tuvieron “corazonadas”, a su intuición o a un “sexto sentido”. La ciencia ha demostrado empíricamente y por investigaciones clínicas que no hay tal cosa como “corazonadas” ni “sextos sentidos” explicables en la forma que usualmente se entienden estos términos, o sea, por la sensación de algo inexplicable. Esta especial percepción de las cosas por la que se guían los agentes especializados generalmente es el resultado de saber captar pequeños detalles y minucias al enfrentarse con una situación anormal. Quizá los perciben fugazmente, mirando involuntariamente de reojo, y no queden conscientemente registrados, pero largos años de experiencia al captar subconscientemente estos factores que se relacionan con las actividades del mundo criminal llegan a dejar huellas en la memoria del investigador.

De ahí proviene esa extraña sensación del agente policiaco de que hay algo anormal en tal o cual caso, de que alguna persona o situación no se manifiesta en forma coherente y entonces siente una “corazonada”.

El agente que al trabajar tiene este grado superior de sensibilidad es considerado por sus colegas como un individuo con gran suerte. Tal es el caso de algunos expertos en arrestos de ladrones de objetos en los vehículos. Su consistencia técnica y su eficacia al poderlos aprehender raya en lo sorprendente.

En cierta ocasión, una determinada zona de La CDMX se vio plagada por estos maleantes dedicados a desvalijar vehículos. Cerca de sesenta elementos fueron comisionados con órdenes de arrestar a estos delincuentes. En el grupo asignado a esta misión iban dos expertos investigadores de robos en vehículos. Después de un mes de labores, resultó que lograron mayor número de arrestos que todos los demás agentes, y que, de las aprehensiones hechas por el resto del grupo, ninguna pudo ser comprobada; en contraposición, los arrestos efectuados por los especialistas arrojaron un promedio de más del noventa por ciento de delincuentes arrestados in fraganti. ¿Podría considerarse como suerte?
Seguramente el éxito logrado no fue sólo por eso …

Durante un tiempo se trató de analizar las razones por las cuales algunos agentes son capaces de actuar con tanto éxito en la lucha contra los ladrones de objetos en automóviles, y esto condujo a las siguientes consideraciones: por experiencia, todos sabemos que cuando un agente sale en busca del maleante que se dedica al robo en vehículos, muy pronto se enfrenta a un problema personal, a un obstáculo psicológico que puede descorazonarlo. Si dicha situación persiste, deja de actuar con interés y se mantiene alerta de manera constante ni se esfuerza por lograr su objetivo. Quizás mire en todas direcciones y termine con los ojos irritados y con un dolor de cabeza en su afán de descubrir a estos delincuentes en acción; posiblemente no distinga a nadie que responda a las características de la presa que busca. Sin embargo, al día siguiente, cuando revisa los reportes recibidos, tal parece que los ladrones han operado eficazmente a su alrededor. Todo esto ocurre día tras día y durante varias semanas. No pierde de vista el hecho de que se requieren unos cuantos segundos para robar en un vehículo y de que para lograr un arresto categórico se necesita estar
en el sitio apropiado y en el momento oportuno. Mientras más se descorazona por su actuación se inclina más a la idea de que todo es cuestión de suerte.
Esta lucha interna del individuo tiene lugar en muchas ocasiones.

Como último recurso, el agente decide consultar a uno de los investigadores especializados (cuya actuación sigue influyendo en el ánimo del agente y lo hace pensar que el arresto de un maleante de este tipo es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar). Sin embargo, le expone su problema más o menos en los siguientes términos :

¿Quizá exageras un poco afirmando que simplemente al caminar seleccionas a un individuo entre los transeúntes y lo supones un ladrón; lo sigues y lo sorprendes al cometer un delito? Por mi parte confieso haber perseguido cientos de quienes resultan paseantes, que miran los escaparates o matan el tiempo en espera de alguien. A mi modo dc ver todo es cuestión de suerte. Todas estas gentes me parecen iguales y no podría distinguir al delincuente que se les mezcla.

Indudablemente, el error en este caso radica en la idea de que todos los paseantes se parecen mucho entre sí. El ladrón que busca la ocasión de robar no puede ser como el resto. Es evidente que simula ser un ciudadano común y corriente como parte de su juego; un individuo que camina pensando en sus problemas o en la misión encomendada, aunque en realidad tiene su mente fija en la operación que se propone realizar. Pero ese esfuerzo por parecer un ciudadano normal lo debe traicionar ante los ojos del observador experimentado, aunque lógicamente podemos concluir que esa diferencia en ademanes y movimientos que hacen sospechar se trata de un ladrón es muy pequeña.

Su comportamiento es producto de lo que tiene en mente y hay ademanes involuntarios que no puede controlar del todo. Si se pretende arrestar un tipo de este género, el agente debe aprender a reconocer estas pequeñas diferencias. En concreto, si el agente se considera un verdadero profesional, un oficial policiaco de carrera con más interés en su trabajo que el que sólo se conforma con vivir tranquilo con base en un salario mensual, es su deber concentrarse para aprender a reconocer a estos delincuentes a simple vista. Esto es lo que sucedió a muchos oficiales que al pasar el tiempo se convirtieron en expertos a la hora de arrestar a este tipo de criminales, aunque en apariencia la tarea parezca imposible de realizar, eficaz y consistentemente.