Reglamentos en los métodos de vigilancia

Probablemente sea innecesario mencionar que cualquier agente que se especialice en arrestos de un tipo determinado de maleante, debe familiarizarse, hasta el menor detalle, con todos los reglamentos y leyes que dicho delincuente puede violar. Debe estar al tanto de lo que constituye el cuerpo del delito en cada uno de tales crímenes, así como de los puntos de vista de los tribunales en la materia, para estar en condiciones de reconocer de inmediato si el delincuente “rebasó cierto límite” y cometió un delito completo. Esto se aplica especialmente al agente que arresta al ladrón de objetos en los vehículos a base de sus métodos de vigilancia, con el principal objetivo de que sea declarado culpable.

En esta etapa el interés en los reglamentos no emana principalmente del punto de vista jurídico, sino de los puntos de vista prácticos para formular un plan estratégico de acción, una vez que se reconoció al ladrón en un acto delictuoso y el tipo de investigación preliminar que deba seguirse después de su aprehensión, así como en las pruebas que el agente deba preparar para atestiguar ante la corte.

La dificultad peculiar para lograr una identificación exitosa de gran parte de la mercancía robada en los vehículos aunada al patrón funcional de los ladrones, exige un plan de acción que implica, desde luego, el de mantener al delincuente bajo observación hasta que haya completado totalmente el delito que se propuso cometer. Son múltiples los casos de ladrones de esta clase que pudieron eludir con éxito el arresto porque fueron detenidos antes de comprobar que completaron el acto delictuoso.

Dos agentes que patrullaban una zona en el centro de la ciudad observaron, al llegar a una esquina, que, a unos cuantos pasos sobre la calle, a su derecha, estaba un vagabundo cerca de un automóvil estacionado. Notaron que, al inclinarse dentro del vehículo, el sujeto tomó un objeto del interior que era un abrigo. Se aproximaron sin pérdida de tiempo arrestándolo antes de que dicho individuo acabara de sacar el brazo del automóvil. El ladrón simplemente dejó caer la prenda dentro del auto, y, como cualquier agente puede suponer, la diligencia fracasó.

Todo lo que el ladrón tiene que hacer en estos casos es inventar cualquier pretexto, el cual por increíble que parezca, nadie puede rebatir. Cuando el delito quede sin consumar, es muy remoto que el delincuente se vea en la necesidad de defenderse. En este caso, es obvio que, si se hubiera aguardado unos treinta segundos observando al ladrón, se le hubiera podido inculpar al sorprenderlo con el cuerpo del delito y se hubiera ventilado un caso perfecto.

Estos delincuentes, incidentalmente, están al tanto de situaciones similares y muchas veces pueden aprovecharlas al percatarse de que si son arrestados prematuramente pueden confiar, por lo menos, en que se les aplique una sentencia indulgente por una falta de menor cuantía.

En muchas ocasiones se pudo comprobar que tan pronto corre el rumor de que especialistas en vigilancia patrullan determinada zona, los ladrones profesionales de objetos en los vehículos cesan de operar en la misma trasladándose a otra sección apartada. Se hicieron múltiples esfuerzos para averiguar cómo se enteran de los movimientos de los especialistas y cuáles son las técnicas de estos expertos que más temen.

Muchos maleantes de este tipo empleaban métodos de operación que pensaban frustrarían a la mayoría de los agentes citadinos (a los que se instruía académicamente y con cátedras de pizarrón contra estos delincuentes). Sin embargo, estos mismos ladrones se dieron cuenta de que no había estratagema que burlara al experto en vigilancia. Uno de los métodos consistía en que tras percatarse de que nadie los vigilaba, trataban de abrir bruscamente las puertas de los autos que pensaban desvalijar; a veces simulaban forzar una de las aletas y se alejaban momentáneamente del lugar. Si nada sucedía, regresaban al vehículo y subían en el mismo o lo preparaban para penetrar. A continuación, daban un paseo alrededor de la manzana y si todo marchaba bien entraban al vehículo con naturalidad, como si fueran los dueños, lo desvalijaban y huían con el botín sin despertar sospechas.

Estos delincuentes descubrieron el afán que tenían los agentes de consumar el arresto inmediatamente e incluso antes de consumado el delito. Si la aprehensión resultaba prematura, los agentes carecían realmente de pruebas en su contra y en caso de que se efectuara el arresto durante la segunda etapa de la maniobra, lo máximo a que podían enfrentarse era a un fallo por “maniobras ilegales”. En consecuencia, deliberadamente engañaban al agente con un señuelo mientras se les observaba haciéndolo salir de su puesto de vigilancia. Esta táctica fue infructuosa con patrullas de agentes bien adiestrados. Para citar las palabras de uno de estos delincuentes: “No importa lo que hagamos… después de asegurarnos de que todo está en orden, huimos con la ‘carga’ y creemos estar a salvo, pero esos ojos temibles del agente surgen de la nada y quedamos atrapados, jamás revelan su presencia sino hasta el momento oportuno

Quizá en ningún otro tipo de delito la investigación preliminar, efectuada en el momento del arresto, revista tanta importancia como en el caso del ladrón de objetos en los vehículos. El agente encargado de la vigilancia debe estar sumamente familiarizado con ciertos puntos débiles y excepcionales en los reglamentos para anular los argumentos convencionales usados por el defensor o por el propio maleante.

A continuación, mencionaremos algunas de estas salvedades legales que pueden esgrimir en su defensa los delincuentes que roban en los vehículos: “Aquí hay un error, no trataba de robar, simplemente buscaba un lugar para dormir un poco… tomé unas copas con un amigo en la cantina cercana, debo haber cometido un error..

Hay muchos embustes y explicaciones similares que pueden refutarse e incluso ridiculizarse por parte del agente, si al declarar como testigo de cargo tiene la confianza de haber cumplido adecuadamente con las investigaciones preliminares del caso.

El número de matrícula y la descripción de todo vehículo con el que el ladrón pudo tener contacto, en el que simplemente atisbó o el que intentó forzar, debe ser anotado al observársele y especialmente después de efectuado el arresto. El delincuente nunca puede saber a ciencia cierta el lapso de tiempo que estuvo bajo vigilancia pues de lo contrario suspendería oportunamente sus actividades; lo táctico es darle ocasión de que se delate por sus falsas versiones de comportamiento. Si se le confronta con la lista de vehículos en los que pretendió intervenir para robar, su “explicación” de que sólo buscaba un sitio para dormir resulta tan inaudita que no sería admitida por ‘el más benigno de los jueces calificadores. Lógicamente se le interpelaría por qué escogió este auto en particular al sentirse tan cansado y sin duda replicaría describiendo con toda desfachatez el auto en el que se le sorprendió antes de la aprehensión. Sin embargo, si se le presenta la lista de vehículos en los que se le vio robar, sus mentiras y subterfugios lo tendrían que delatar sin remedio.

Si se pudiera formular una relación de las actividades y comportamiento del ladrón antes de su arresto, se contaría con datos muy valiosos para establecer “sus planes e intenciones”, elementos que tienen influencia no solamente en el procesamiento, sino en la duración del castigo que se debe infligir al delincuente, ya que esos propósitos revelan el grado de su laboriosidad y la gravedad de sus intentos que llegan a acallar toda corriente de consideración del delincuente hacia su víctima. Aun cuando el delincuente cometa finalmente un acto delictuoso mientras está sometido a estrecha vigilancia, hay muchas salvedades que vencer entre el acto del arresto y el fallo condenatorio.

La información reunida y dichos “planes e intenciones comunes” que se establecen durante la investigación preliminar hecha concienzudamente lograrán que se dé un fallo adverso al delincuente.

Uno de los elementos que comúnmente falla, como diría el refrán: “del plato a la boca” es el de presentar a la víctima para fines del procesamiento.

Se sabe, por experiencia, que más del 50% de los casos de robos en vehículos no se reportan a la policía. Hay muchos que juzgan que el valor de los objetos robados no amerita la intervención policiaca. Quizá, algunos sufrieron tal o cual desengaño al informar a las autoridades en alguna ocasión y consideran que volverlo a hacer es una pérdida de tiempo y esfuerzo. Casi todos los turistas y gente que anda de vacaciones se concretan a encogerse de hombros y prosiguen su plan de viaje. Según dijimos con anterioridad, los ladrones están bien informados de esta peculiaridad y consecuentemente asaltan sólo a los vehículos con matrículas y licencias de otros Estados. Sea cual fuere la razón de la víctima, el hecho de su renuencia a reclamar o la falta de su presencia al reportar estos delitos se refleja en la pérdida de arrestos justificados y excluye la posibilidad de lograr fallos condenatorios.

Cada vez que se logre un arresto de este tipo, los agentes deben dejar en parte visible del automóvil violado, una nota en un sitio a la vista.

Dicha nota informará al propietario que robaron sus objetos, que el delincuente está bajo custodia y la forma y lugar para recuperar los efectos. La entidad que todos conocemos como el “ciudadano y contribuyente” tiene ciertas peculiaridades y una de ellas se manifiesta sin duda al recibir un informe de esta naturaleza. No es insólito que tenga una pobre opinión de los esfuerzos policiacos para recobrar sus efectos robados o bien, que juzgue que no vale la pena reportar el valor de los mismos; pero cuando se entera de que algo suyo obra en poder del departamento de policía, aunque sólo valga unos cuantos centavos, se dirigirá, a paso veloz, para que se le devuelva. Naturalmente que en estos casos los agentes están en condiciones de lograr que se rinda el informe indispensable sobre el delito y pueden confiar en las declaraciones de la víctima para entablar la demanda y proceder al juicio.