Vigilancia estratégica en practica

A la práctica de la nueva táctica, inevitablemente siguió la forma impresa o cuestionario que debía llenar el agente que interroga y en el que se hace constar por escrito el incidente, redactado de su puño y letra al finalizar el turno siendo archivado para su futura referencia.

Estos reportes tuvieron un éxito casi espectacular. Se aprovecharon ventajosamente para relacionar sospechosos, consultando los archivos de informes rendidos por los agentes al patrullar determinadas zonas a la hora aproximada de la realización de un delito. Los detectives recuerdan bien el caso de un asesinato sensacional en el que el sospechoso parecía tener una coartada perfecta al afirmar que en esa ocasión se hallaba a muchos kilómetros de distancia de la escena del delito. Sin embargo, en el informe rendido por uno de los agentes se descubrió que el sospechoso fue interrogado en un lugar cercano a la hora en que el delito se había cometido. Dicho agente se convirtió en testigo de cargo que influyó para que el delito fuera castigado.

Pistas sobre el paradero de individuos a los que se “busca” posteriormente a la formulación de estos informes, se pueden obtener por regla general consultando los archivos policiacos. Además, estos reportes suministran valioso material de antecedentes que sirve para formarle causa al delincuente por violación de varios reglamentos contra la vagancia.

Debemos aclarar que lo discutido no pretende ser derogatorio o crítica de alguna táctica policiaca. Los comentarios expuestos se deben a razones lógicas. Tampoco pretendemos restarle mérito alguno a los agentes de la policía, el cuerpo policiaco ni a sus oficiales por la forma en que desempeñan su trabajo. Lo que los autores de esta obra esperan señalar a cada uno de los agentes en servicio activo, es la presencia de un escollo psicológico que en su concepto es el principal responsable del descuido en la práctica y empleo de otras medidas técnicas, que pese a exigir más ingenio, iniciativa y energía, pueden resultar muy valiosas. Sin embargo, en este momento nuestra principal preocupación se refiere al arte de la vigilancia. De ninguna manera se intenta sugerir algún cambio en la táctica o política del cuerpo policiaco, sino sinoplemente hacer ver que una vez que el agente reconoce este escollo, procure evitarlo y en consecuencia esté en condiciones de aumentar su grado de eficiencia en el desempeño de sus comisiones.

Los administradores y supervisores de policía enfrentan un problema común a todos los funcionarios o directores de empresa. Este problema consiste en lograr un buen rendimiento diario por parte de sus subordinados. Para ello se requiere contar con determinados puntos de referencia con objeto de valuar el esfuerzo del personal que está a sus órdenes. El reporte que consta en los interrogatorios referidos y que se entrega al finalizar el turno, sirvió en muchos casos como punto de referencia. En la práctica, probablemente se requiera la revisión y análisis de estos reportes; parte de la evaluación de los esfuerzos correspondientes se basa en el número de tarjetas entregadas por turno.

Esto implica, desde luego, ya la formulación de un patrón estándar o el fomento de una competencia individual entre los agentes o grupos de ellos que trabajan en equipo. Parte de la tarea del agente o detective es satisfacer a sus superiores. Sin ánimo de criticar, he aquí lo que sucede al agente presionado para que someta mayor número de reportes de esta índole.

Todo agente de la policía sabe que su objetivo principal en estos interrogatorios es el de seleccionar a cualquier individuo sospechoso o que actúe en forma anormal; al que no tenga un motivo razonable para encontrarse en la situación en que se le observa; al que esté en posesión de objetos o efectos que pudieran haber sido robados, etc. y que a base de interrogarlos se aclare si se trata o no de un ciudadano honrado. En caso negativo, los agentes procurarán relacionarlo con su actividad delictuosa y proseguirán las averiguaciones. Paulatinamente, y sin que el agente se dé cuenta, la relevancia que en la actualidad se da a estos interrogatorios, altera a menudo el objetivo primario en la mente del interrogador. En vez de que dicho objetivo consista en arrestar al maleante y evitar los delitos, su atención se concentra en el interrogatorio y en llenar el cuestionario para presentarlo al finalizar su turno.

Durante las dos últimas décadas, los agentes que patrullan la ciudad han estado tan imbuidos en la técnica de estos interrogatorios que casi nunca pasa por su mente la posibilidad de aplicar otros medios para enfrentarse a los problemas que se les presentan. Esto ocurre, incluso, cuando las circunstancias sugieren la necesidad de un cambio táctico.

Todo agente en servicio sabe con exactitud adónde conducen estas diligencias. El procedimiento se desarrolla más o menos como sigue:
-Mientras patrullan tal o cual calle, observan a cierto tipo sospechoso.
-Inmediatamente frenan el vehículo o dan vuelta en U abordándolo.
-Generalmente le hacen una serie de preguntas y reciben en cambio
respuestas un tanto vagas.
En ese momento, es probable que los agentes se hallen un tanto perturbados e incluso molestos al presentir que las réplicas son engañosas, que se quiere “tomarles el pelo” y de ridiculizarlos con ingeniosas salvedades. Pese a todo y por falta de algo concreto, se sienten inseguros para actuar viéndose precisados a continuar su ronda. En ese momento no piensan que, si hubieran seguido observando al sujeto, después del primer ademán furtivo que inicialmente les llamó la atención, en unos cuantos minutos más confirmarían sus intenciones.

Los especialistas contra robos de objetos en vehículos confirmaron que en muchas ocasiones el empleo inoportuno de la técnica interrogatoria en el lugar, no sólo anuló la oportunidad de hacer un arresto legal, sino que dio como resultado que los agentes irreflexivamente anulasen la posibilidad de aprehender al delincuente. El incidente que mencionamos a continuación ilustra lo que sucede comúnmente cuando se descuida en lo más mínimo la vigilancia.

Una pareja de especialistas en vigilancia persiguió a un par de ladrones de autos durante más de una hora en el centro de la ciudad. Los delincuentes, que andaban en busca de un auto para robarlo, diligentemente investigaban los estacionamientos y observaban los vehículos estacionados en la calle. Por alguna razón no encontraban la ocasión oportuna de cometer el robo. Finalmente, se introdujeron a un estacionamiento oscuro de una zona con poco movimiento y decidieron operar. Escogieron un auto tratando de arrancar el motor manipulando el botón de la marcha. Mientras tanto, uno de los agentes logró situarse en un hueco estratégico entre dos vehículos frente al auto que trataban de llevarse. Su compañero se ocultó en el otro extremo del local, en el único lugar de salida, fuera del radio de visión de los delincuentes, pero desde donde podía observar los movimientos de su compañero y recibir sus señales. La estrategia del momento consistía en llegar simultáneamente al lugar en que se cometía el atraco, impedir la salida y arrestar a los delincuentes al intentar hacerlo.

Pero en ese momento, unos patrulleros pasaban por el lugar. Al inspeccionar automáticamente el estacionamiento descubrieron la silueta del agente que estaba entre los dos autos. Sin prestar atención al agente que cuidaba la salida y que les hacía señales, decidieron entrar al local bruscamente en busca de maleantes. Maniobraron con habilidad, frenaron frente al agente que se ocultaba y se pusieron a interrogarlo. Al darse cuenta de la conmoción, los ladrones huyeron sin hacer el menor ruido escapando entre dos edificios adyacentes. Cuando los patrulleros se convencieron de que no venía al caso discutir sobre atribuciones de detectives o patrulleros, los ladrones habían logrado ponerse a buen recaudo.

El punto importante del incidente no radica en el comportamiento de los agentes no especializados que arruinaron llevar a cabo un arresto y facilitaron la huida de los criminales. El valor de los interrogatorios es indudable y es evidente que no todos los agentes disponen de tiempo para vigilar con el sistema de los especialistas en la materia y la situación exigirá que los patrulleros procedieran con su técnica de interrogatorio. El caso anterior nos permite concluir que dar excesivo énfasis a otras tácticas llegó a eliminar la propia psicología del agente policiaco.

Ahora bien, nos preguntamos si ese interrogatorio tenía que llevarse a cabo y por qué se practicó en ese preciso momento, pues si el detective que vigilaba fuese un ladrón a punto de robarse un auto e incluso si hubiese forzado el vehículo, pero que no se contara con pruebas suficientes para comprobar su delito, le bastaría con afirmar que simplemente entró al estacionamiento en busca del baño. Los agentes hubieran procedido rutinariamente y lo hubieran arrestado para someterlo al interrogatorio de lugar; pero en este caso cabe preguntar, ¿por qué no esperar un par de minutos y ver lo que sucede? ¿Por qué no aguardar hasta que el ladrón salga del estacionamiento, dejarlo terminar lo que pretende hacer en ese lugar y si se le encuentra culpable, arrestarlo justificadamente?

Los agentes de vigilancia observaron personalmente muchos casos en que los patrulleros se concretaron a poner en práctica este procedimiento de manera apresurada. Interrumpen al delincuente (que está vigilado por los especialistas) en diversas etapas de su actividad y terminan su gestión sometiéndolo simplemente a un interrogatorio. No se dan cuenta de que sorprendieron a un delincuente en acción y que por no dedicar uno o dos minutos a vigilarlo perdieron la oportunidad de lograr un arresto de importancia.

Hace algunos años, los agentes veteranos repetían constantemente que, si una persona merece real y verdaderamente un interrogatorio de este tipo, sería conveniente llevarla a la delegación para su posterior investigación. Actualizando esa afirmación, se debería decir que si alguien debe ser sometido a este tipo de interrogatorio sea cual fuere la razón para ello, bien merece que se le vigile durante unos minutos antes de proceder.

Lo menos que puede lograr el agente al emplear un método de vigilancia, prescindiendo de la comisión que se le asigne, es contar con una base firme para ese interrogatorio. Si el agente se atiene a los movimientos y ademanes observados durante algún tiempo antes de intentar el interrogatorio, podrá formular preguntas atingentes que indiquen si el sospechoso está diciendo la verdad. Estará en condiciones de evaluar su grado de culpabilidad y tendrá una razón más plausible y efectiva para proseguir la investigación.

Solamente se ha tratado una de las tácticas populares de la policía en un intento por mostrar cómo se puede condicionar la manera de pensar del agente, sin que se percate completamente de ello, al grado de que la aplicación de una táctica nueva o diferente le pueda parecer inaceptable.

Si el lector logra captar el problema, le resultará muy sencillo evitar este escollo y abordar imparcialmente el concepto de la aplicación de la vigilancia como táctica práctica de la policía.

Volvemos a insistir en que lo antes discutido no lleva implícita crítica alguna. Antes bien, sólo constituye un ruego, una súplica para la aplicación más deliberada, más inteligente del método de observación y vigilancia. Con estas técnicas se logrará el arresto de un número mayor de delincuentes, con pruebas y testimonios necesarios para su enjuiciamiento. Sin estos medios, la policía nunca podrá enfrentarse adecuadamente al desafío que representa el ladrón de objetos en los vehículos.