Vigilancia, una estrategia como plan de acción

Una vez que los agentes sorprenden a un ladrón al cometer una fechoría deben observarlo cuidadosamente y dejarlo que termine el trabajo con el fin de poderlo consignar por el cargo de un delito completo.

Al llegar a esta etapa, el agente se enfrenta al dilema de poner en práctica un determinado “plan de acción”. En se precisó momento, el plan a seguir, desafortunadamente, equivale a un arte ya olvidado bajo el sistema policiaco moderno: “el de perseguir incesantemente al infractor y convertirse en su sombra”, o sea, lo que hoy en día se entiende como la práctica del arte de la vigilancia. Dicho arte es muy diferente del sistema moderno altamente perfeccionado en los últimos tiempos, que consiste en una vigilancia casi mecánica a base de artefactos modernos de radio e intercomunicación, de receptores y emisores portátiles y de una gran variedad de aparatos electrónicos, cámaras ocultas, circuitos cerrados y mucho personal. Estos nuevos métodos de vigilancia tienen sus puntos de observación en lugares estratégicos de referencia.

La vigilancia planeada es más bien una ciencia que un arte. La vigilancia que se hace indispensable para descubrir al ladrón que opera en los vehículos depende casi totalmente de una emergencia o de una eventualidad. Si los agentes reconocen en un momento dado a un ladrón de este tipo, no tienen control de las circunstancias o la situación con que se encuentran en dicho momento; por ello queda fuera de toda posibilidad que se hayan formulado previamente un plan específico de acción. Antes bien, tendrán que adaptarse intuitivamente a la situación y prepararse también a los cambios constantes y eventualidades que desde ese momento son incapaces de prever con certeza.

El caso se convierte así en un desafío de “hombre a hombre” entre los delincuentes y los agentes de policía. En adelante, para tener éxito, los detectives deben pensar con más rapidez, ser más listos y astuto que el propio ladrón. Esta forma de utilizar este método de vigilancia, que ha pasado a ser, excepto en raros casos, un arte olvidado en el trabajo de la policía, parece descuidarse en los sistemas modernos policiacos.

Varios elementos de cuerpos policiacos encargados de hacer cumplir la ley, incluyendo organismos estatales, federales militares, con frecuencia han reprochado a los especialistas en vigilancia del Departamento de Policía que crearan o pusieran en práctica nuevas técnicas, pero nada más alejado de la verdad.

La historia de este arte olvidado se puede comparar en muchos aspectos a la historia de la formación “T” en el futbol americano.

Al principio de la década de los años 30, la mayoría de los aficionados y el público en general jamás había visto algo comparable a la novedosa formación “T”. Sucedió que en una Universidad del oeste del país apareció un entrenador y tomó la dirección de un equipo de futbol que durante la temporada anterior había perdido todos y cada uno de sus encuentros y a la sazón se encontraba en el último escalón del cuadro nacional interuniversitario. En la temporada siguiente, ese mismo equipo, integrado exactamente por los mismos jugadores, subió a la palestra con una “formación ofensiva” que dicho entrenador bautizó como “formación T”.

Este equipo que todos consideraban de inferior categoría, terminó la temporada sin perder un solo encuentro y sin verse jamás en peligro de derrota. Culminó su actuación ganando el legendario campeonato nacional entre. universidades durante el evento denominado Tazón de las Rosas cuando éste realmente significaba el campeonato en cuestión.

El equipo a que nos referimos llegó a confundir y derrotar en forma decisiva a muchos equipos que evidentemente eran superiores desde el punto de vista físico. El “quarterback” y varios miembros del equipo que el año anterior fueron considerados casi mediocres, se convirtieron en seleccionados y se les escogió como “All American”, haciéndose famosos. Poco tiempo después, casi todos los equipos del país adoptaron esta formación “T” y un par de años más tarde era raro el conjunto universitario que no lo usara.

El entrenador del equipo campeón recibió toda clase de honores y adquirió fama; fue aclamado como un genio al inventar una nueva arma ofensiva dentro de este deporte. Sin embargo, la famosa formación “T” como táctica ofensiva, es tan antigua como el propio deporte del futbol americano.

Lo mismo ocurre con la vigilancia eventual de hombre a hombre, que se aprovecha de la ocasión, es tan vieja como el trabajo mismo de la policía, y representó una de las técnicas de campaña en la que los agentes tuvieron confianza por su efectividad.

El entrenador de futbol aprovechó una vieja táctica relegada al limbo y la adaptó a las condiciones modernas a las que se enfrentaba.

Las circunstancias eran distintas y prevalecían reglas muy diferentes en el juego. Más aún, el tipo de los jugadores era distinto a los que originalmente habían practicado este deporte.

Lo mismo sucede con la antigua táctica de la vigilancia personal y los resultados demuestran que se puede aplicar conforme a las condiciones modernas y al nuevo personal policiaco con buen grado de éxito.

Lo anterior podría sugerir al lector algunas preguntas, en el sentido de que, si este tipo de vigilancia representa una táctica tan útil y satisfactoria, por qué considerarla como un arte perdido o por qué relegarla al limbo. Esto merece un comentario en el que se pueden incluir algunos de los factores que coadyuvan a disminuir el interés individual del agente para aplicarla, aun cuando parezca la indicada, así como su renuencia para aprovecharla en la forma clásica.

Una consecuencia normal del progreso es relegar al limbo las viejas ideas, incluyendo las buenas, y concentrarse en la aplicación de los nuevos conceptos. Esto ocurre en todos los campos de la actividad humana. Sin embargo, con relativa frecuencia, incluso la ciencia médica, nos prescribe que usemos algún remedio en desuso, olvidado o sustituido por nuevos medicamentos. De igual manera, la administración moderna de la ciencia policiaca en su marcha hacia una eficiencia mayor para prevenir el delito y aprehender al maleante, pone mayor énfasis en la política, adiestramiento y supervisión de su personal sobre bases técnicas indudablemente más efectivas. Estas nuevas técnicas tienden a cambiar la actuación ordinaria del agente policiaco en el desempeño de su tarea, y hoy en día, la vigilancia personal ininterrumpida le es tan poco familiar que no se le ocurre emplearla aun cuando sea la obviamente indicada.

La táctica moderna de la policía, usualmente conocida como “interrogatorio en campaña o en el lugar de los hechos” nos ilustra el caso en cuestión. Ninguna otra de las técnicas modernas desempeñó un papel tan importante para inhibir al agente contra el empleo de ciertas clases de observación y vigilancia, al grado de acabar casi totalmente con el arte de la vigilancia personal antes practicada. La creciente complejidad de nuestras ciudades y la constante movilidad de la gente hicieron de este tipo de interrogatorios una necesidad y representa hoy en día una de las principales armas para combatir el índice creciente de la delincuencia. Basándose en ciertos actos incongruentes, en ademanes sospechosos, en la descripción de los delincuentes y en la posesión de cierto tipo de mercancía, la policía pone en práctica una serie continua de revisiones e inspecciones selectivas entre el público en general en
determinados. Se formulan preguntas al sospechoso, se revisan documentos de identificación, etc. con la idea de descubrir a los delincuentes, relacionarlos con delitos cometidos y determinar si hay lugar a averiguaciones. La técnica permite resultados sorprendentes y se logra éxito al arrestar a muchos delincuentes y abatir el índice delictivo. Sin embargo, estos triunfos son la causa de que los agentes dependan cada día más de tales interrogatorios excluyendo otras tácticas también aprovechables en el servicio. Quizás una de las pérdidas más notables consista en el empleo poco frecuente de la táctica de la observación continua del sospechoso o vigilancia.